
Los escritores de ciencia-ficción, y siento decirlo, realmente no sabemos nada. No sabemos hablar sobre ciencia porque nuestro conocimiento sobre ella es limitado y no oficial, y normalmente nuestra ficción resulta terrible.
Philip K. Dick
Primero fue Thomas More. También Rabelais. Mucho más tarde Bradbury, Asimov, Gibson, Golding, Heinlein, Dick, Ballard, Aldiss, Wells, Verne, Werber, Lem,… La extensa nómina de autores – que en muy diversas literaturas y tradiciones – con claro predominio anglosajón en el área – han abordado los géneros de anticipación o predicción – lo que ha venido incluyéndose en el indefinible y denostado género de la ciencia-ficción – se convierte – según tradicional, prestigiosa y divulgada opinión – en una reducida lista cuando hablamos de literaturas hispánicas. Sirva la misma o parecida afirmación cuando nos referimos a literatura fantástica o a la novela negra. En la lista anterior no hay españoles (tampoco italianos ni portugueses ni alemanes, ni…).
Más allá de la hiperdesarollada literatura pulp de quiosco o de los sobrevalorados superventas de pretencioso barniz pseudohistórico, grandes y reputados nombres de casi todas las literaturas se han atrevido con la ficción futurista, la novela de predicción, la fantasía ucrónica, o la anticipación apocalíptica – Atwood, Saramago, Sebald, Fast, Orwell, Huxley, Butler…-. ¿No ha ocurrido así en el ámbito hispano? Si así es, ¿hay algún motivo o explicación? ¿Un gen defectuoso? ¿Vicisitudes históricas? ¿El fracaso de la ilustración? ¿Extrañas coyunturas socioculturales? ¿O simplemente pasamos demasiado tiempo entre el bar y las tapas? No tranquiliza el que otras muchas grandes literaturas tampoco hayan producido obras de peso en estos ámbitos.
Entre las literaturas hispánicas, estos subgéneros - ¿populares? – poliédricos y dúctiles son a menudo una excepción, y eso cuando no se consideran un engendro de irreverente vulgarismo del que todo autor “serio” debe huir. Conocidas son las aproximaciones desacomplejadas y admirables de Borges o Cortázar en algunos de sus relatos, o de Bioy Casares en la imprescindible La invención de Morel, por citar algunos nombres conocidos y reconocidos. Precisamente, si algo se puede decir de la literatura hispanoamericana es que derrocha imaginación por todas sus letras y sus puntos. Es habitual, y relativamente fácil, reconocer una corriente fuerte de lo que se ha dado en llamar “soft sci-fi” en la literatura hispanoamericana – en oposición a la “hard-fiction” anglasajona, mucho más versada en los avances tecnológicos. Suele citarse a Somoza, del que nada he leído. Pero cuando de literatura española se trata, ah, amigos, la lista de famosos es mucho más breve.
Así, si dejamos aparte las entrañables y hoy casi olvidadas experiencias del Capitán Sirius y el Coronel Ignotus, o la inagotable y ya envejecida producción pulp de José Mallorquí o Pasqual Enguídanos – G. H. White -, la ciencia ficción española presenta un balance cuantitativamente poco alentador.
Entre los autores consagrados – o sea, de la literatura considerada “seria”, ¡qué horror! – , algunos destellos a finales del siglo XIX entre los que cabe citar cuentos de, atención, Unamuno (“Mecanópolis”), Azorín (“El fin de un mundo”) y Clarín (“Cuento futuro”). Menos conocidas son las novelas de Enrique Gaspar (El anacronópete) o Nilo María Fabra. Ya en el siglo XX, La nave, de Tomás Salvador o La bomba increíble, de Pedro Salinas. Por supuesto, Pedrolo. Y poco más. Y hoy día, y desde hace un par de décadas, una amplia nómina de escritores jóvenes – o no tanto -, algunos volcados en la literatura juvenil, que reinvindican y exploran esos géneros. Abundan los catalanes. Sierra i Fabra. Barceló. Rafael Marín. Además, los premios UPC e Ignotus y, desde 2004, el Minotauro. Y ya está. No es mucho, aunque algo es. ¿Será cierto que la literatura española tiende por naturaleza al realismo y huye de la fantasía, el misterio y la anticipación?
Uno es enemigo irrevocable de estereotipos y tópicos, así que será necesario explorar con detalle por qué la literatura española es poco dada a la producción fantástica. El desarrollo de la ciencia ficción en otros países durante el siglo XX fue fulminante y deslumbrante, y las circunstancias históricas no fueron amables con nadie, así que no deberían servir de excusa. ¿Explicaría la dictadura y la necesidad de un neorralismo social más o menos combativo la ausencia de un cultivo serio y riguroso de este género? ¿El destierro de la fantasía y los géneros “menores” de los estudios literarios tradicionales en universidades e institutos tendría algo que ver? ¿Es una cuestión de raza y espíritu nacionales? ¿Es porque comemos muchos mejillones y demasiada salsa brava? ¿Será el vino peleón? ¿Será un tópico más?
Stanislav Lem renegó de la ciencia ficción cuando ya andaba crecidito, la consideraba en sí misma vulgar y pueril, y hablaba de su propia Ciberíada más como apólogo o cuento filosófico que como sci-fi. Desde luego nadie catalogaría Solaris como pueril. Borges dijo de las Crónicas marcianas de Bradbury que en realidad nos hablaban del aquí y del ahora, que aquellos hombres del futuro somos nosotros. Eso debe de ser, supongo, la verdadera semilla de la ciencia ficción a la que merece la pena acercarse y que tan escasamente se ha prodigado en la lengua de Cervantes. Yo, por ahora, voy a leer La bomba increíble, y ya os diré.
* Algunos enlaces interesantes sobre el asunto:
http://www.ttrantor.org/IniEntrar.asp
http://www.abast.es/~carlosg/cf&f/cf&f.html
http://www.ciencia-ficcion.com/bienvenida.html
* Leer “Cuento futuro” de Clarín, una distopía nihilista.
* Leer “Mecanópolis” de Unamuno (PDF).




