Escribe Rodrigo Fresán en La velocidad de las cosas:
“El cuento es el género del hombre nómada mientras que la novela es el género del hombre sedentario. Las novelas son formas vigorosas de razonamiento puro y constante mientras que los cuentos, al menos en mi caso, surgían de la nada ignorando todo decálogo y manual, brotaban de la oscuridad, parecían llegar a mí caminando desde muy lejos y me saludaban y pedían permiso para sentarse junto a mi fuego y me ofrecían, como forma de pago, contarme un cuento. El cuento, pienso, nació al mismo tiempo que el fuego porque, de improviso, se necesitaba algo que contar alrededor del fuego. El cuento es materia inflamable, arde rápido, da calor y ahuyenta a las bestias y a los malos espíritus, y las buenas madres y los buenos padres cuentan cuentos a sus hijos a la hora de ayudarlos a cruzar la barrera que los separa del mundo de los sueños y de mil y una noches donde esperan otros cuentos. Cuentos como explosiones, desordenados, dueños de una lógica propia y que aguardan para ser narrados a la mañana siguiente como algo que no se recuerda del todo, como un boceto de algo que se puede escribir mejor pero que casi siempre termina extrañando y traicionando la textura de aquello que se leyó acostados y con los ojos cerrados y en blanco y negro. [...] Los mitos, las leyendas, los cuentos de hadas, las fábulas, las parábolas, las baladas, las historias primordiales y los materiales más antiguos con los que se ha construido nuestra ficticia memoria colectiva son cuentos. Hay algo de sagrado en el cuento, y no es casual que casi todos los grandes temas religiosos y las más fecundas mitologís estén construidas a partir de historias breves.”
La novela es constancia, voluntad de construir un mundo bajo la lógica de un orden – o un diseñado desorden – temporal y espacial, un mecanismo que otorga sentido, finalidad – introducción, nudo y desenlace – a la pesadilla caótica y absurda de la realidad, es el reloj que nos recuerda que hay otro camino, que todo puede tener al final un significado, que se puede construir de muchas maneras. El cuento, por otro lado, es fogonazo, destello, desahogo de la intuición y el ingenio y la imaginación, espectáculo breve y brillante, un fragmento del caos que deviene luminoso y nos muestra ese otro lado que deseamos y necesitamos explorar, una grieta en la pesadilla, una brecha en el miedo.Y los dos son indispensables como el aire que respiramos.
Lo que resulta curioso es que sea el mismo antiquísimo cuento en el que se sostiene todo el constructo cultural en el que vivimos el mismo género que mejor responde a las apresuradas necesidades de este vértigo social que hemos instalado a nuestro alrededor. En el tiempo del triunfo del metal y el cable y el chip y el cálculo y el más-rápido-por favor, resulta que el salvavidas que mejor flota es aquel que ya nos daba refugio en los conciliábulos nocturnos en torno a los neolíticas hogueras que forjaron este futuro. El cuento siempre está ahí, reflejo permanente y generoso de nuestro absurdo y desbocado periplo, respuesta y pregunta simultáneamente. Sigo con Fresán,
“Tal vez los cuentos – algunos cuentos – sean el equivalente a ilusiones ópticas de la literatura. Espejismos en los que, distorsionado, uno se refleja una y otra vez hasta que ese reflejo acaba convirtiéndose en el propio rostro, hasta que uno olvida el rostro que tenía cuando era niño del mismo modo en que, por más que lo intente, no podrá recordar nunca el rostro que tendrá en su lecho de muerte, en ese sitio donde hay el tiempo justo para que te cuenten un cuento, donde ya no queda tiempo para que te cuenten una novela.”
En fin, lean a Fresán.








