Posteado por: dubbia | Febrero 1, 2010

Cuentos y sueños

Escribe Rodrigo Fresán en La velocidad de las cosas:

“El cuento es el género del hombre nómada mientras que la novela es el género del hombre sedentario. Las novelas son formas vigorosas de razonamiento puro y constante mientras que los cuentos, al menos en mi caso, surgían de la nada ignorando todo decálogo y manual, brotaban de la oscuridad, parecían llegar a mí caminando desde muy lejos y me saludaban y pedían permiso para sentarse junto a mi fuego y me ofrecían, como forma de pago, contarme un cuento. El cuento, pienso, nació al mismo tiempo que el fuego porque, de improviso, se necesitaba algo que contar alrededor del fuego. El cuento es materia inflamable, arde rápido, da calor y ahuyenta a las bestias y a los malos espíritus, y las buenas madres y los buenos padres cuentan cuentos a sus hijos a la hora de ayudarlos a cruzar la barrera que los separa del mundo de los sueños y de mil y una noches donde esperan otros cuentos. Cuentos como explosiones, desordenados, dueños de una lógica propia y que aguardan para ser narrados a la mañana siguiente como algo que no se recuerda del todo, como un boceto de algo que se puede escribir mejor pero que casi siempre termina extrañando y traicionando la textura de aquello que se leyó acostados y con los ojos cerrados y en blanco y negro. [...] Los mitos, las leyendas, los cuentos de hadas, las fábulas, las parábolas, las baladas, las historias primordiales y los materiales más antiguos con los que se ha construido nuestra ficticia memoria colectiva son cuentos. Hay algo de sagrado en el cuento, y no es casual que casi todos los grandes temas religiosos y las más fecundas mitologís estén construidas a partir de historias breves.”

La novela es constancia, voluntad de construir un mundo bajo la lógica de un orden – o un diseñado desorden – temporal y espacial, un mecanismo que otorga sentido, finalidad – introducción, nudo y desenlace – a la pesadilla caótica y absurda de la realidad, es el reloj que nos recuerda que hay otro camino, que todo puede tener al final un significado, que se puede construir de muchas maneras. El cuento, por otro lado, es fogonazo, destello, desahogo de la intuición y el ingenio y la imaginación, espectáculo breve y brillante,  un fragmento del caos que deviene luminoso y nos muestra ese otro lado que deseamos y necesitamos explorar, una grieta en la pesadilla, una brecha en el miedo.Y los dos son indispensables como el aire que respiramos.

Lo que resulta curioso es que sea el mismo antiquísimo cuento en el que se sostiene todo el constructo cultural en el que vivimos el mismo género que mejor responde a las apresuradas necesidades de este vértigo social que hemos instalado a nuestro alrededor.  En el tiempo del triunfo del metal y el cable y el chip y el cálculo y el más-rápido-por favor, resulta que el salvavidas que mejor flota es aquel que ya nos daba refugio en los conciliábulos nocturnos en torno a los neolíticas hogueras que forjaron este futuro. El cuento siempre está ahí, reflejo permanente y generoso de nuestro absurdo y desbocado periplo, respuesta y pregunta simultáneamente.  Sigo con Fresán,

“Tal vez los cuentos – algunos cuentos – sean el equivalente a ilusiones ópticas de la literatura. Espejismos en los que, distorsionado, uno se refleja una y otra vez hasta que ese reflejo acaba convirtiéndose en el propio rostro, hasta que uno olvida el rostro que tenía cuando era niño del mismo modo en que, por más que lo intente, no podrá recordar nunca el rostro que tendrá en su lecho de muerte, en ese sitio donde hay el tiempo justo para que te cuenten un cuento, donde ya no queda tiempo para que te cuenten una novela.”

En fin, lean a Fresán.

Posteado por: dubbia | Enero 25, 2010

MUERTE AL LIBRO

Muerte al libroUn experto polemista de cierto periódico de prestigio ha escrito recientemente que la falta de esfuerzo del alumnado y la falta de autoridad del profesor no son dos lacras de la educación contemporánea sino dos rasgos consustanciales al espíritu de nuestra época.  Su conclusión es que, por ser intrínsecos a nuestra estructura sociocultural, se debe aprender a convivir con ellos. Acostumbrado, pues, el exquisito alumnado de nuestros centros a la satisfacción de los deseos de manera inmediata y sin previo esfuerzo, y a una organización social y virtual basada en la interacción y la participación [sic], pretender que respeten una mínima autoridad o que acepten que ciertas recompensas exigen sudor es, literalmente, ser “presa del pasado, más pegajoso que instructor, menos sabio que impertinente”. Hay de dejarse llevar por la inercia de nuestra sociedad de consumo y aceptar humildemente la derrota, nos dice el insigne articulista.

Supongo que esté señor no ha pasado por aula alguna recientemente. Pero eso – como se sabe- no será obstáculo para que pueda evangelizar a los cavernícolas docentes de este país con un nuevo dogma educativo que sólo él conoce. Estamos seguros de que en próximos artículos revelará a la profesión docente la buena nueva de su verdad posmoderna: cómo enseñar sin autoridad a quien no quiere aprender. Le garantizo que el libro resultante de tan iluminadoras reflexiones será un superventas entre el profesorado.

Pero este buen hombre – alguno de cuyos libros, por cierto, leí con gusto en su tiempo, hasta que le pillé el truco al vacuo decorado de lo posmoderno  -, este buen hombre, decía,  no contento con cargarse toda esperanza de regeneración educativa en este triste páramo cultural, publica este sábado un Epitafio al libro mucho más preocupante. En él aboga poco menos que  por la total extinción de la cultura del libro y de siglos de tradición cultural para atender a la joven cultura de la red, el grafitti y el rap, que son el arte rápido y fugaz que nuestro tiempo exige. Como si fueran incompatibles. Como si para progresar debíeramos destruir en lugar de asimilar y digerir. Consciente como soy de caer en su trampa, me indigno igualmente ante semejante boutade, ante esta majadería provocativa sin sustancia ni fundamento, una bufonada sin gracia.

De todas formas, señor Verdú – uy, semessscapó -, le propongo ir hasta el final.  Sea atrevido: lo mejor que se puede hacer con ese arcaísmo vetusto y decrépito que es el libro es tirarlo a los contenedores azules y convertirlo en papel reciclado y cajas de cartón. Llenemos las bibliotecas de pantallas, de ordenadores interconectados y paredes donde grafitear a gusto.  La biblioteca será el cibercafé perfecto: eje místico de la nueva cultura de la fugacidad. Sólo conservaremos en los museos los ejemplares imprescindibles de la gran literatura universal (Verdú, tal vez Cervantes,… poco más) para que esos trogloditas carpetovetónicas amantes del libro tengan un refugio en el que gozar de su retrógrado onanismo intelectual.  Imaginen el Prado reconvertido en un gran punto capital del arte audiovisual, un centro de convenciones blogueras y del videojuego, un galería del graffitti. Y el edificio Jerónimos en una sala de conciertos de rap.  El “arte” joven es el futuro, lo demás es, Verdú dixit, cosa de zombies.

Posteado por: dubbia | Enero 20, 2010

Nadie ante el peligro

Gary Cooper está muerto y enterrado. Nadie espera a Miller y sus forajidos en la estación de Hadleyville, nadie vendrá a pedir ayuda cuando llegue el tornado y la pistola, así no tendremos que manifestar nuestra cobardía, no habrá luz sobre nuestra vergüenza.

Probablemente, los bandidos bajarán festivamente del tren, se mearán en la tumba del héroe y montarán una democracia representativa cuyos cargos se repartirán. ¡Miller para alcalde!, gritaremos si nos lo piden.

Luego pagaremos el precio. La soledad, el miedo, la terrible espera del héroe será la herencia para cada uno de los que callamos.  La estrella arrojada con justo desprecio al polvo es la certeza de que el momento más importante lo afrontamos silenciosamente solos. Y qué solos nos estamos quedando.  Sobre la tumba del héroe  una alfombra ocre de hojas secas oxida el recuerdo.  Bienvenidos al Hadleyville global.

Posteado por: dubbia | Marzo 31, 2009

¿Carencia de imaginación?

ciencia_ficcion1

Los escritores de ciencia-ficción, y siento decirlo, realmente no sabemos nada. No sabemos hablar sobre ciencia porque nuestro conocimiento sobre ella es limitado y no oficial, y normalmente nuestra ficción resulta terrible.

Philip K. Dick

Primero fue Thomas More. También Rabelais. Mucho más tarde Bradbury, Asimov, Gibson, Golding, Heinlein, Dick, Ballard, Aldiss, Wells, Verne, Werber, Lem,… La extensa nómina de autores – que en muy diversas literaturas y tradiciones – con claro predominio anglosajón en el área – han abordado los géneros de anticipación o predicción – lo que ha venido incluyéndose en el indefinible y denostado género de la ciencia-ficción – se convierte – según tradicional, prestigiosa y divulgada opinión – en una reducida lista cuando hablamos de literaturas hispánicas. Sirva la misma o parecida afirmación cuando nos referimos a literatura fantástica o a la novela negra. En la lista anterior no hay españoles (tampoco italianos ni portugueses ni alemanes, ni…).

Más allá de la hiperdesarollada literatura pulp de quiosco o de los sobrevalorados superventas de pretencioso barniz pseudohistórico, grandes y reputados nombres de casi todas las literaturas se han atrevido con la ficción futurista, la novela de predicción, la fantasía ucrónica, o la anticipación apocalíptica – Atwood, Saramago, Sebald, Fast, Orwell, Huxley, Butler…-. ¿No ha ocurrido así en el ámbito hispano? Si así es, ¿hay algún motivo o explicación? ¿Un gen defectuoso? ¿Vicisitudes históricas? ¿El fracaso de la ilustración? ¿Extrañas coyunturas socioculturales? ¿O simplemente pasamos demasiado tiempo entre el bar y las tapas? No tranquiliza el que otras muchas grandes literaturas tampoco hayan producido obras de peso en estos ámbitos.

Entre las literaturas hispánicas, estos subgéneros - ¿populares? – poliédricos y dúctiles son a menudo una excepción, y eso cuando no se consideran un engendro de irreverente vulgarismo del que todo autor “serio” debe huir. Conocidas son las aproximaciones desacomplejadas y admirables de Borges o Cortázar en algunos de sus relatos, o de Bioy Casares en la imprescindible La invención de Morel, por citar algunos nombres conocidos y reconocidos. Precisamente, si algo se puede decir de la literatura hispanoamericana es que derrocha imaginación por todas sus letras y sus puntos. Es habitual, y relativamente fácil, reconocer una corriente fuerte de lo que se ha dado en llamar “soft sci-fi” en la literatura hispanoamericana – en oposición a la “hard-fiction” anglasajona, mucho más versada en los avances tecnológicos. Suele citarse a Somoza, del que nada he leído. Pero cuando de literatura española se trata, ah, amigos, la lista de famosos es mucho más breve.

Así, si dejamos aparte las entrañables y hoy casi olvidadas experiencias del Capitán Sirius y el Coronel Ignotus, o la inagotable y ya envejecida producción pulp de José Mallorquí o Pasqual Enguídanos – G. H. White -, la ciencia ficción española presenta un balance cuantitativamente poco alentador.

Entre los autores consagrados – o sea, de la literatura considerada “seria”, ¡qué horror! – , algunos destellos a finales del siglo XIX entre los que cabe citar cuentos de, atención, Unamuno (“Mecanópolis”), Azorín (“El fin de un mundo”) y Clarín (“Cuento futuro”). Menos conocidas son las novelas de Enrique Gaspar (El anacronópete) o Nilo María Fabra. Ya en el siglo XX, La nave, de Tomás Salvador o La bomba increíble, de Pedro Salinas. Por supuesto, Pedrolo. Y poco más. Y hoy día, y desde hace un par de décadas, una amplia nómina de escritores jóvenes – o no tanto -, algunos volcados en la literatura juvenil, que reinvindican y exploran esos géneros. Abundan los catalanes. Sierra i Fabra. Barceló. Rafael Marín. Además, los premios UPC e Ignotus y, desde 2004, el Minotauro. Y ya está. No es mucho, aunque algo es. ¿Será cierto que la literatura española tiende por naturaleza al realismo y huye de la fantasía, el misterio y la anticipación?

Uno es enemigo irrevocable de estereotipos y tópicos, así que será necesario explorar con detalle por qué la literatura española es poco dada a la producción fantástica. El desarrollo de la ciencia ficción en otros países durante el siglo XX fue fulminante y deslumbrante, y las circunstancias históricas no fueron amables con nadie, así que no deberían servir de excusa. ¿Explicaría la dictadura y la necesidad de un neorralismo social más o menos combativo la ausencia de un cultivo serio y riguroso de este género? ¿El destierro de la fantasía y los géneros “menores” de los estudios literarios tradicionales en universidades e institutos tendría algo que ver? ¿Es una cuestión de raza y espíritu nacionales? ¿Es porque comemos muchos mejillones y demasiada salsa brava? ¿Será el vino peleón? ¿Será un tópico más?

Stanislav Lem renegó de la ciencia ficción cuando ya andaba crecidito, la consideraba en sí misma vulgar y pueril, y hablaba de su propia Ciberíada más como apólogo o cuento filosófico que como sci-fi. Desde luego nadie catalogaría Solaris como pueril. Borges dijo de las Crónicas marcianas de Bradbury que en realidad nos hablaban del aquí y del ahora, que aquellos hombres del futuro somos nosotros. Eso debe de ser, supongo, la verdadera semilla de la ciencia ficción a la que merece la pena acercarse y que tan escasamente se ha prodigado en la lengua de Cervantes. Yo, por ahora, voy a leer La bomba increíble, y ya os diré.

* Algunos enlaces interesantes sobre el asunto:

http://dreamers.com/libroscf/

http://www.ttrantor.org/IniEntrar.asp

http://www.abast.es/~carlosg/cf&f/cf&f.html

http://www.ciencia-ficcion.com/bienvenida.html

* Leer “Cuento futuro” de Clarín, una distopía nihilista.

* Leer “Mecanópolis” de Unamuno (PDF).

Posteado por: dubbia | Marzo 27, 2009

Lejos de Veracruz

veracruz

Después de haber leído mucho de Vila-Matas, no todo, lamentablemente, siente uno un enorme placer rastreando los orígenes de su viaje metaliterario que tan lejos le ha llevado ya. La última estación que he visitado, antes de seguir mi trayecto hacia el pasado literario del autor barcelonés, ha sido Lejos de Veracruz, una joya más en la corona del “por qué escribo” y el “para qué sirve la literatura” en la que Vila-Matas ha engarzado ya muchos brillantes.

Enrique Tenorio escribe un diario que es continuación del que dejoó inacabado su hermano Antonio al suicidarse, y a la vez es una venganza contra Antonio y contra sí mismo, y una exploración de los motivos y rezones del acto de escribir – de algunos de ellos – y una confesión y un acto de contricción y de exposición de los propios demonios. Un anciano manco de veintisiete años, cansado de la horrenda vida verdadera – en palabras de Italo Svevo citadas por el narrador – se refugia en el rincón más solitario que es capaz de encontrar para continuar la obra interrumpida de su hermano, las memorias de los tres hermanos Tenorio: el pintor hipersensible, maltratado y medio demente, el orgulloso y paternalista autor de de libros de viajes que no viaja, y el joven rebelde que reniega de la cultura y del arte para convertir su propia vida en obra de arte, el viajero incansable en eterno perderse a sí mismo.

Viajar es perder países, como repite a menudo Vila-Matas, atribuyendo la frase, si mal no recuerdo, a Pessoa. Enrique pierde en el juego idiota de la vida, y se pierde  a sí mismo y en sí mismo y pierde países, y vuelve siempre derrotado y destrozado a Barcelona, sometido a las campanadas del viejo reloj que compró su madre en un anticuario de Berga y cuyo grabado reza “Quien me mira pierde el tiempo”. El tiempo, sí, otro de los temas de la novela.

Diario metaliterario, descenso a los infiernos personales y tal vez universales, trazas de novela negra, reflexión sobre la irremediable escisión entre la vida y el arte y entre el artista y los demás son los constituyentes de otra novela salpimentada con la fuerza y la garra del estilo de Vila-Matas, que tan bien siguió los consejos para crear novelas que Marguerite Duras le anotó en un pedacito de papel, tal y como explica en París no se acaba nunca. La literatura se configura como único refugio ante un devenir infernal y como, al fin, único y contradictorio viaje auténticamente real.

Posteado por: dubbia | Marzo 17, 2009

Volver

En El viento ligero en Parma, Vila-Matas escribió:

“la nostalgia del lugar enriquece mientras sigue siendo nostalgia. La recuperación del lugar añorado es la muerte”.

Por extraño que parezca, fueron esas palabras las que dieron nacimiento y fundamento a este blog.  Regresé a Barcelona después de viajar la variopinta geografía física y la absurda geografía humana durante  mucho tiempo.  Volvía desengañado del mundo. Busca en el regreso una especie de  consuelo. Algo de descanso. Un mullido final. Cándidamente, incluso la paz. Y una vez asentado, lo que sentí  fue la muerte.

La muerte. No como un dolor físico, no como enfermedad, no como amenaza o presentimiento, no como empatía con la muerte cercana que nos rodea o la lejana que nadie quiere ver. Sentí la muerte como una piscina helada de olvido, como un espejo negro en el que me miraba cada mañana.  Sentí la muerte porque me di cuenta simultáneamente de que no existen los viaje de vuelta y de que ya no tengo fuerzas para otro viaje de ida.  No se puede volver nunca.  Sólo se regresa a  la propia conciencia del dejar de ser, al vacío de la propia ausencia. Y por eso escribo otra vez. Por eso sigo leyendo más que nunca. Y por eso, en último término, supongo que necesito publicar parte de lo que escribo inmediatamente en este pozo sin fondo virtual. A sabiendas de que pocos lo leerán. Quizá porque pocos lo leerán.  Leer y escribir son otra vez mi nuevo, mi único,  y ahora mi último, viaje de ida. Tal vez muchos blogs respondan a esto.

Olvidó García Valdés escribió:  “Terminada la juventud / se está a merced del miedo”.  Tal vez todo se reduzca a esto.

Posteado por: dubbia | Marzo 10, 2009

Microrrelatos I: Dios nunca leyó a Nietzsche

Cuando volvió – no sin inquietud – la última página del libro, Dios pensó – con gélida y temblorosa certeza – que él, en realidad, no existía.

- ¡Qué cabrón!

Fue lo último que dijo antes de desaparecer con un gracioso “plop”.  Sobre la mesa yacía el libro – ya cerrado -, mostrando en la contraportada el rostro impasible,  anguloso y sañudo de Descartes.

Posteado por: dubbia | Marzo 7, 2009

Pitol cita a Canetti

Sergio Pitol transcribe en El Viaje una cita que Canetti escribió el día en que cumplía cincuenta y cinco años:

“Quiero aprender otra vez a hablar, a los cincuenta y cinco años: no se trata de aprender una nueva lengua, sino de hablar. Desprenderme de los prejuicios, aun cuando no quede otra cosa importante. Volver a leer los grandes libros, los haya leído o no. Escuchar a la gente, sin desear vencerla, sobre todo a la que nada tiene que enseñar. Dejar de pensar en el miedo como medio de consumación. Combatir a la muerte, sin dejar de llevarla en la boca durante todo el tiempo. Con un único lema: valor y honradez.”

Ahora que estoy alboreando edades frontera, me parece un perfecto proyecto vital.

Nota. De Canetti sólo he leído el delicioso y evocador Las voces de Marrakesh. No pude con Masa y Poder. Así que cedo la página con estos enlaces a quien podrá escribir más y mejor que yo:

Posteado por: dubbia | Marzo 3, 2009

Señal y Ruido

Este fin de semana disfruté de la lectura de Señal y Ruido, brillante y desazonante cómic de Nail Gaiman y Dave McKean que Astiberri trae a España unos diecisiete años después de su publicación original en el Reino Unido.

senal-y-ruido

Gaiman (Sandman) y McKean (Cages) explican la historia de un conocido director de cine – cuyo nombre nunca es revelado – al que le diagnostican un cáncer y le pronostican unos dos meses de vida. A pesar de lo absurdo – o no – que pueda parecer su reacción, ésta es negarse a sufrir prueba o tratamiento alguno y concentrarse en el guión de una película que nunca estrenará: la historia de un pueblo en el centro de Europa cuya población se reúne en la noche de San Silvestre del año 999 en la alto de la montaña cercana para aguardar el inminente Apocalipsis. Ante el fin del mundo, de su mundo,  de todos sus mundos, el protagonista y narrador busca una señal entre el ruido ensordecedor, inmenso e infinito de la nada, el horror, el absurdo, la muerte.

En un mundo-ruido que viene del silencio – la nada – y se dirige al silencio – el horror, tal vez el absurdo -, Gaiman nos presenta un personaje condenado y moribundo – pero lleno de dignidad y reflexión – en busca de una señal de que algo importa, en busca de un sentido ante el drama inevitable. El guión es sutil e inteligente, y Gaiman sabe asomarse – y asomarnos – al abismo sin fondo, a la más terrible de las dudas, a la más profunda de las inquietudes sin incurrir en aspavientos ni sentimentalismos – salvo en el innecesario epílogo – e invitándonos simultáneamente a la reflexión y a la emoción.  En el abismo sin fondo contemplamos como “el mundo siempre se está acabando para alguien” pero que eso al mundo le trae completamente al pairo. Sólo queda, si es que algo queda, lo que hacemos. Lo demás es ruido.

Pero este álbum no sería lo que es, y probablemente nos parecería casi tópico, si no fuera por la genial y perfecta interacción entre ese argumento y el inquietante y expresivo dibujo de McKean. Ilustraciones llenas de sugerencias que alternan orden y confusión, señal y ruido, claridad y caos , en perfecta consonancia con el desarrollo emocional del protagonista y el lento progreso de su inacabable guión – infinito en tanto nunca será completado por quien lo inició -. McKean nos provoca con sus expresivas composiciones, nos inquieta, nos incomoda y es probable que a algún potencial lector acabe repeliéndolo, pero, en mi humilde opinión de lerdo pictórico, logra lo que todo ilustrador de cómic debe buscar, o sea, que guión y dibujo se complementen y se potencien, enriqueciéndose y multiplicando sus lecturas y significados en una danza visual que embriague estética e intelectualmente al lector. Señal y ruido es, efectivamente, embriagador: una inolvidable e inquietante borrachera de ideas, sensaciones y sugerencias.

Posteado por: dubbia | Febrero 26, 2009

Cirlot II. “Niégate a ti mismo y síguete”.

cirlotfot16

“Por eso el existente es un ser condenado a saber que dejará de ser, paradoja y contradicción insultante, origen de toda sublecacion contra lo-que-es” (J.E. Cirlot. Del no mundo).

La poesía de Cirlot tiene mucho, efectivamente, de sublevación y rebelión contra la discontinuidad del ser, contra la conciencia de la desaparación, contra la terrible verdad que es el abismo que rodea toda vida.  Es alzamiento y búsqueda a la vez intuitiva e intelectual, porque ambos – intuición e intelecto – son necesarios para hallar el oro en el abismo, la luz en la oscuridad. Así, la poesía de Cirlot es a menudo un acto religioso, una búsqueda desesperada de la luz entre los restos descompuestos de la vorágine, entre el abismo de destrucción que sitia al existir; una exploración entre épica y sagrada de los abismos que limitan el conocimiento y la espiritualidad y la vida humanas, un vagar con rumbo y cierta desesperación entre las ruinas del espacio y del tiempo, del ser y del no ser, del nacer y del renacer. Así, en su Orfeo puede permitirse darle la vuelta a la máxima griega y exigirnos una aparente paradoja que resume, en realidad, gran parte de la postura vital – y vitalísima – de Cirlot ante el mundo: “Niégate a ti mismo y síguete”.

En sus Oraciones a Mithra y Marte (1967) dice – o reza -: “el mundo en el que vivo no es el mío”, e invoca a los dioses de la guerra “para que estando herido / me convierta en sonido” y les ruega: “conviérteme en león / en fuerza que convence / raza / maza / amenaza”. El lenguaje, sonido y sentido, significante y significado, forma y sema, son las herramientas que enriquecen su búsqueda y, simultáneamente, se enriquecen con ella. La exploración profundiza en todos las direcciones posibles, y así Cirlot se zambulle en lo más profundo del sentido de la existencia pero también de las posibilidades de expresión y significación de la palabra poética. Palabra que se asoma “al espacio sagrario / al pozo / sollozo”.

Un texto que me parece especialmente significativo en esta constante búsqueda es el poemario con que culminó su ciclo de Bronwyn, La quête de Bronwyn. Aquí, al estilo de las antiguas “quêtes” – búsquedas – de los caballeros medievales, el poeta emprende el camino en pos de la divinidad que durante tanto tiempo ha personificado en la Bronwyn que Rosemary Forsyth interpretó en El señor de la guerra, de Shaffner. El poemario recuerda la estructura del Sir Gawain and the green night y otros textos medievales de búsqueda caballeresca y prueba de valor o de fe – cuya influencia también se manifiesta en el gusto del poeta catalán por el verso aliterativo anglosajón, el paralelismo o la reiteración -, y así encontramos el orden consabido de estas textos típicamente artúricos: presentación del caballero, la descripción de los paisajes y del camino durante la búsqueda, el encuentro con la dama/diosa, y la pérdida y transfiguración finales. Y como una letanía, se va repitiendo, “Bronwyn, y no tenerte ni en lo no”.

Y todo ello, obviamente, al más puro estilo Cirlot, es decir, con un lenguaje poético muy personal caracterizado por una letánica y rítmica sucesión de recursos fónicos, gramaticales y semánticos que lo visten, tanto formal como conceptualmente, de un barroquismo acorde a su intención, sentido y simbolismo. Los estremecedores versos finales de la búsqueda describen perfectamente lo que estamos diciendo.

“Pero tiene que haber sólo un instante
fijo en la eternidad de la pureza,
blanco en la soledad detu blancura,
Bronwyn, tú eres el centro de ese centro.

Por eso no abandono ni el abismo
que se parece a ti por la carencia,
que me mueve a buscar donde no hay nada
sino un ORDEN de letras e imágenes.”

En futuros posts hablaremos más extensamente del ciclo de Bronwyn, de otros poemarios de Cirlot o de los juegos fonéticos que tan lejos llevó. Un ejemplo, para ir cerrando artículo y abriendo boca, es el magnífico calambur que leemos en Bronwyn V : “cadáver da / cada verdad”.

Entradas antiguas »

Categorías